Estamos luchando por la biodiversidad a ciegas: no estamos investigando donde hace más falta

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Estamos en la década de la biodiversidad. En 2011, Naciones Unidas asumió que lo estábamos haciendo fatal en la conservación de la biodiversidad y que había que poner toda la carne en el asador. Y en parte así ha sido.

Los esfuerzos internacionales en defensa de la biodiversidad están creciendo de forma sostenida (aunque moderada) durante estos cinco años. Pero un reciente estudio ha hecho saltar todas las alarmas dejando al descubierto que el conocimiento sobre el que se basan todos estos esfuerzos está sesgado. Vamos, que es muy posible que estemos dando palos de ciego.

Una política ambiental basada en la evidencia

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En los últimos años, cada vez se habla más de políticas basadas en el evidencia. Sea política sanitaria, fiscal, educativa o de cualquier otro tipo, lo que se está pidiendo es, en palabras de Kiko Llaneras, «busca(r) que las políticas públicas estén (más) informadas por evidencias fruto de investigaciones rigurosas». También en políticas ambientales y de conservación de la biodiversidad.

Aunque estas ideas no son estrictamente nuevas, tampoco son demasiado antiguas. Podemos irnos a principios de siglo XX o incluso antes, pero lo que conocemos como ‘movimiento basado en la evidencia’ comenzó a desarrollarse inicialmente durante los años ochenta dentro del ámbito de la medicina y desembocó en la creación de la ‘Colaboración Cochrane‘ en el 1993. Durante el gobierno de Blair en Reino Unido,la idea aplicada a la política comenzó a popularizarse.

En 2012, el ‘Convenio sobre la Diversidad Biológica‘ (un tratado internacional firmado por 193 países) estableció 20 objetivos para el año 2020. El número 19 pretende «mejorar el conocimiento, la evidencia científica y las tecnologías relacionadas con la conservación de la biodiversidad» con el fin de permitir mejorar las políticas en favor de la conservación por todo el mundo. Es una gran idea.

Pero las políticas basadas en la evidencia también tienen problemas. Puede, como defiende el economista Chris Dillow, que la ausencia de buena evidencia científica sobre cuestiones nuevas haga que sea muy dificil, costoso y lento crear políticas adecuadas. O puede ser porque, directamente, el conocimiento científico que tenemos está sesgado. Este parece el caso de la biodiversidad.

Lo que sabemos sobre biodiversidad está sesgado

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En un reciente estudio publicado en PLOS Biology se realizó el primer análisis de tendencias de publicación en el área de conservación y diversidad. El equipo localizó todos los artículos publicados en 2014 sobre este tema en revistas de alto nivel que resultaron ser la friolera de 10036.

Las resultados son claros: no tenemos información sobre las regiones más biodiversas del mundo. Si nos fijamos en conservación de mamíferos, los 5 países más importantes son Indonesia, Madagascar, Perú, México y Australia. Y aunque por su importancia deberían representar el 37% de las publicaciones, en realidad representan sólo un 12%. Por contra, EEUU que debería representar menos de un uno por ciento de estudios sobre conservación de mamíferos, representa el 18. Más que ningún otro país.

La investigación en conservación y biodiversidad tiene olvidados los países que más lo necesitan

Si ampliamos un poco el foco y nos referimos a países con mayor biodiversidad (número de plantas, de especies endémicas o de adaptaciones funcionales) la escena se repite: La suma de Ecuador, Costa Rica, Panamá, República Dominicana y Papua Nueva Guinea debería estar, como mínimo, en el 7,3% de las publicaciones pero se encuentra solo en el 1,6%.

Los datos parecen apuntar a que en la mayor parte del mundo se está trabajando para conservar la biodiversidad completamente a ciegas. Usando ideas y modelos desarrollados para entornos muy distintos a los lugares que son realmente valiosos para el patrimonio natural del planeta. ¿Debemos repensar la forma en que luchamos por la diversidad? Parece que sí.

Imágenes | Yale

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Xataka

por
Javier Jiménez

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